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Y después de los abrazos… ¿qué?

Martha Escamilla R.

Psicóloga, especializada en trauma
www.traumatreatments.com
Editado por Catalina Gallo
 
PALABRAS CLAVE:
SECUESTRADO - SECUESTRO - LIBERACIÓN - TORTURAS - GUERRILLA - TERRORISTAS - MUERTE
 

 

Para muchas personas que han sido secuestradas, la pesadilla no termina con el regreso a casa, con estar entre sus seres queridos o con volver a dormir en la cama que tanto se extrañó, porque los eventos, las  torturas y las privaciones a las que fueron sometidas siguen estando presentes de diferentes maneras.  

Después de la liberación, las personas presentarán recuerdos que, como fantasmas, vienen y entristecen sus días o paralizan sus actos. Aunque las cadenas que las ataron ya no estén, físicamente aún se sienten. Las personas que han sido secuestradas, sus familias y la sociedad deberán vivir las consecuencias del cautiverio, especialmente si este acto queda impune.    

Imagínese usted: va tranquilo en su carro, tal vez hablando por teléfono, pensando en las cosas del día y de repente todo cambia, un carro frena bruscamente frente a usted, unos hombres con el rostro cubierto bajan de otros automóviles mientras disparan, se oyen gritos, usted aun no entiende bien que pasa, le abren la puerta de su carro, lo bajan mientras le apuntan con arma, otros toman a sus hijos, usted pide que no les hagan nada a ellos, los mira y les dice: “Tranquilos, todo se va arreglar, llévenme a mí, pero no les haga nada a ellos”. Usted no puede hacer nada, no puede pelear o huir, ni protegerlos ni protegerse, su vida estaría en peligro si lo hace. Todo esto parece tan irreal, aun está en shock. Le preocupan sus hijos, su familia, pero no puede hacer nada, les pide, les suplica que lo suelten, pero sus palabras nunca son escuchadas. La realidad le cambia abruptamente, el tiempo se detiene y empieza a vivir en un mundo que parece irreal, su vida se convierte en un objeto con un valor comercial y puede acabar en cualquier instante. 

Desde el primer momento, el secuestrado y su familia viven en estado de alerta y estrés, el silencio, el no tener noticias o contacto con el plagiado, la negociación, el no saber si lo que le dicen los secuestrados o autoridades es verdad, la consecución del dinero, la propia seguridad, el miedo constante de morir, todo es abrumador. 

El secuestrado es torturado y maltratado física y emocionalmente, amenazado constantemente. Esto crea estados de pánico y angustia profunda y permanente, a veces es tan profunda y prolongada que hace que la persona sienta que se sale de su propio cuerpo y vea lo que le sucede como si fuera una película. Además, está en estado vigilante todo el tiempo. Este estrés constante agota, deprime, trae muchas enfermedades. A veces es tanto que la persona queda como anestesiada y ya ni se da cuenta de los peligros. Muchas veces debe presenciar la muerte de otros secuestrados o cavar su propia tumba. En todo ese tiempo lo único seguro que vive es la incertidumbre.  

Se pierde la privacidad, la noción del tiempo. Tener un artículo de valor sentimental como una foto, un anillo, unas cartas, puede ser usado como un castigo, a los secuestrados les quitan todo, por esto, aprenden a no apegarse a nada ni a nadie.  Lo único privado que se puede tener son los propias pensamientos, el mundo interno.  

Ante la impotencia y la inclemencia de lo vivido, el secuestrado puede desarrollar o incrementar su fe o conexión con algo más grande que él, con un Dios, como quiera que se llame, para que le de fuerzas, lo proteja a él, a los suyos e incluso, puede llegar a rezar por los secuestradores para que haya compasión en sus corazones. 

El trauma que la persona ha tenido al ser privada de su libertad, las humillaciones, el trato inhumano y todo lo que se ha descrito anteriormente hacen que el individuo presente  síntomas traumáticos que se pueden manifestar inmediatamente, meses o años después del incidente, de la siguiente manera:

Físicamente: angustia, depresión, hipervigilancia, insomnio, estado de alerta mental y físico que lleva a que la persona se sienta agotada física y psíquicamente. Sensaciones de dolor persistente en el cuerpo, espalda, fatiga crónica, fibromyalgia, náuseas, intrusión de imágenes del trauma, pesadillas, dolor de cabeza, respuestas de sobresalto exageradas, ataques de pánico, hipersensibilidad al sonido, olor, tacto. Habrá olores que le recordarán inmediatamente lo vivido, otros quedarán incrustados. 

Emocionalmente: la persona puede presentar cambios de temperamento bruscos, capacidad reducida para manejar el estrés, dificultad de relacionarse con otros, desesperanza, desespero, obsesiones, aislamiento para no revivir el trauma, llanto frecuente, reacciones emocionales exageradas que no puede controlar. Una persona que fue secuestrada y vino a verme me contó que tuvo un ataque de pánico luego de su liberación al ver que a su hija la picó un zancudo. El incidente le recordó las veces que tuvo leishmaniasis durante el cautiverio.

También es normal que quien ha sido liberado evite a personas, estímulos, pensamientos y situaciones que le recuerden el evento, que tenga dificultad para controlar el temor o terror aun después del secuestro. Puede tener una necesidad inusual por la seguridad, por tener compañía, para no re-experimentar la soledad que vivió; busca lo predecible, control y perfeccionamiento, puede haber desorientación en tiempo y espacio.

La magnitud de los efectos dependerá de la duración y severidad del evento traumático, la existencia de traumas anteriores, el tipo y cantidad de ayuda y apoyo emocional y social que tuvo durante y después del secuestro, la fortaleza interior, creencias espirituales, la resiliencia, edad, estado de ánimo, salud y circunstancia familiar antes del secuestro, así como el estado de salud y de ánimo antes del cautiverio.

Es importante saber que la etapa posterior a la liberación es difícil tanto para la persona como para su familia. Cuando un acto como este queda impune, cuando a la persona no se le reconoce que sus derechos han sido violados, cuando los culpables no tienen castigo por sus actos, bien sea porque la persona no los denuncia para protegerse, porque no se capturan a los secuestrados o los dejan libres en pocos meses por falta de pruebas, crea desesperanza, rabia y sentimiento de desprotección hacia el estado; también puede venir un sentimiento de apatía. Muchas personas escogen irse del país y deben adaptarse al nuevo estilo de vida, esto es otra pérdida. De las personas que se quedan en el país muchas temen ser secuestradas de nuevo.

Muchas veces no hay conciencia o no se quieren ver de las consecuencias psicológicas de las guerras, de los secuestros. No hay tratamientos psicológicos ni educación sobre el tema. Los traumas que vienen como consecuencia son severos, repetitivos y prolongados.  La vida de la persona que ha estado en peligro, que ha experimentado confusión y ha sido testigo de violencia y muerte nunca vuelve a ser la misma. La guerra TRAUMATIZA, no solo al combatiente, también a las victimas pasivas. Las consecuencias del secuestro no terminan al volver a casa, como dije inicialmente, sus efectos se extienden a las familias, sociedades y comunidades.

Asimilar todas estas experiencias lleva tiempo, es un proceso lento, hay que elaborar el duelo del tipo de vida que se tuvo antes del secuestro, de todo el trauma y adaptarse de nuevo a vivir con sus seres queridos, a la nueva persona que se encuentra vulnerable. Poco a poco volverá a retomar las responsabilidades y los retos que la vida le presenta.

Si usted o alguien de su familia ha sido secuestrado, asegúrese de ver las noticias por periodos cortos, no se aísle, hable con personas que han pasado por situaciones similares, que lo puedan entender. Hable con sus amigos, familiares. Es importante validar y normalizar los sentimientos de miedo e impotencia que puede estar teniendo. Déle tiempo al cuerpo para procesar el choque que acaba de experimentar. 

No cuente o deje que otros cuenten el evento traumático una y otra vez y menos en forma cronológica, esto profundizará el trauma; al hacerlo, el cuerpo estará reviviendo los sucesos de nuevo y quedará agotado y activado de nuevo.  Si  observa que se va poniendo ansioso al contar la historia o al escucharla, pare, cambie de tema y hable de algo agradable. Es solo la manera que tiene el cuerpo de decir que es mucho.  Si es necesario diga: “no quiero hablar de esto ahora”.  

Si quiere rezar o tiene una práctica espiritual, búsquela. En ocasiones, luego de un trauma la persona rompe la conexión con Dios. Es normal, pasajero.  

En la medida de lo posible conserve su rutina. Manténgase ocupado dándose tiempo para descansar, recuperarse, su cuerpo acaba de pasar por mucho. Haga actividades que lo hagan sentir bien. Si no sabe qué lo hacer sentir bien, recuerde qué le gustaba hacer antes del secuestro. Haga ejercicio, esté en contacto con la naturaleza, ayude a otros. Busque ayuda psicológica si los síntomas son muy fuertes o difíciles de manejar. Haga ejercicio, actividades que le permitan sentirse enraizado de nuevo. Camine, corra, sienta de nuevo sus pies en la tierra. 

Sea comprensivo y paciente con usted y otros que han pasado por estos momentos.  Es importante apoyarnos y ayudarnos en estos momentos y aprender más  sobre qué es un trauma, sus síntomas, cómo evitarlo y cómo un trauma no resuelto puede ser una de las causas de la violencia que vivimos. 

Martha Escamilla R.

Psicóloga, especializada en trauma
www.traumatreatments.com

 

 

 

 

 
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Última modificación: Febrero 9, 2014